Después de la ruta del primer día, de Hope a Penticton, tocaba bajar un poco el ritmo. Los días 2 y 3 de nuestro viaje por Canadá fueron de paseos, desayunos, compras y pequeñas aventuras cotidianas. Todavía estábamos adaptándonos al horario, pero ya empezábamos a disfrutar del paisaje de Naramata y de la vida alrededor de Penticton.
No fueron dos jornadas de encadenar grandes visitas. Fueron días para ubicarnos, conocer el entorno y hacer cosas tan normales como ir a ver unos campos de fútbol o cortarme el pelo. Y precisamente por eso también tuvieron su gracia.
Día 2: caminar por Naramata entre viñedos y vistas al lago
La mañana comenzó intentando pronunciar bien Penticton. Parece una tontería hasta que tienes que decirlo varias veces seguidas. Nuestra anfitriona nos ayudaba con los nombres mientras íbamos situándonos: estábamos en Naramata, en la Columbia Británica.
Salimos a caminar antes de desayunar. Por el camino nos cruzamos con bicicletas y fuimos viendo casas orientadas hacia el lago, viñedos y bodegas. Me sorprendió la cantidad de viñas que había en el entorno; no era la imagen que uno tiene siempre en la cabeza cuando piensa en Canadá.
Llegamos a un mirador desde el que se veía el lago Okanagan y parte de la zona donde nos alojábamos. También nos llamó la atención encontrar un baño cuidado durante el paseo. Son detalles pequeños, pero cuando viajas y vas descubriéndolo todo por primera vez te fijas mucho en ellos.
Bagels, café y el primer paseo junto al agua
Paramos a desayunar en un local que nos gustó. Yo pedí café con hielo y me trajeron un vaso enorme. Había también café espresso, algo que agradecimos después de nuestras primeras experiencias con los cafés del viaje.
Mariona eligió un bagel de salmón con queso crema. Yo me fui a por el especial, que llevaba cerezas y tenía un punto dulce, y en la mesa hubo también huevos con bacon. Al ver los platos, me pareció que Mariona había acertado especialmente con su elección.
Después nos acercamos al lago. Desde la orilla parecía un pequeño mar, con una extensión de agua que impresionaba y patos cerca. Era un plan sencillo: caminar, desayunar y seguir paseando, sin una agenda apretada.
Para situarte, la información turística de Penticton sobre sus lagos explica la posición de la ciudad entre Okanagan y Skaha. En nuestro paseo de ese día, las vistas protagonistas fueron las de Okanagan.
También me fijo en los cargadores eléctricos
Junto al lago encontramos unos cargadores y, claro, acabé acercándome a mirar. En el vídeo leo una potencia de 50 kW y unas instrucciones que indicaban el uso de una aplicación. El punto incluía además información sobre comercios y restaurantes cercanos, una buena idea para aprovechar la parada.
No cargamos allí ni comprobamos su funcionamiento. Por eso no puedo valorar la experiencia de uso, confirmar una tarifa ni asegurar que las formas de pago sigan siendo las mismas. Lo que cuento es lo que vimos durante aquel paseo, no una guía actualizada de esa estación.
Día 3: café y campos de fútbol en Penticton
Al día siguiente volvimos a la cafetería: nos había gustado el café y ya empezábamos a repetir algunas rutinas. Después fuimos a ver las instalaciones donde Mariona iba a hacer un campus de tecnificación de fútbol.
Al principio bromeábamos con que era un campo pequeño, pero al enseñarlo se veía todo lo contrario: había varios campos y mucho espacio. Nos llamó la atención la extensión del césped natural y las instalaciones alrededor. Aquella mañana nos sirvió para conocer el lugar antes de los entrenamientos.
El resto de los planes eran mucho más cotidianos: comprar una gorra, comer, pasar por las tiendas y organizar la compra de comida para los días siguientes. Viajar también es eso, encontrar cómo resolver las cosas normales en un sitio nuevo.
Cortarme el pelo en una barbería canadiense
La barbería estaba en un callejón, de esos que desde fuera no te hacen imaginar enseguida el negocio que vas a encontrar. Antes de entrar preguntamos si podíamos grabar. Dentro nos pusimos a hablar con el barbero, explicando que veníamos de Barcelona y tratando de aclarar cómo quería el corte.
Hubo debate familiar sobre si hacer lo de siempre o probar un supuesto «estilo canadiense». Al final le pedí que me dejara el pelo largo. Lo que más me sorprendió fue el remate con una toalla caliente por toda la cabeza: una sensación muy agradable para terminar.
Salí contento con el trato y con el cuidado que puso el barbero en el corte. Entre el callejón, la conversación en inglés y la toalla caliente, una visita a la peluquería acabó siendo otra anécdota del viaje.
Estos dos días nos ayudaron a aterrizar de verdad: empezar a reconocer los sitios, encontrar un café que nos gustaba y hacer del entorno algo un poco más familiar. El lago y los viñedos pusieron el paisaje; el resto lo pusieron las conversaciones y las pequeñas cosas del día a día.
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